Los malos no triunfan sino donde los buenos son indiferentes - José Martí

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Influencia del medio social norteamericano en el pensamiento de José Martí[*]

José Cantón Navarro

 

San Juan y Martínez, 18 de julio de 1925.  -   C.Habana, 7 julio de 2008.

 

Comenzó su labor pedagógica como maestro normalista, ejerciendo la docencia, consecutivamente, en Enseñanza Primaria, Secundaria Básica, Preuniversitaria y Educación Superior.

 

Centró su atención en los campos del idioma español, las Ciencias Sociales, la Filosofía y la Literatura, durante más de cincuenta y cinco años. Al mismo tiempo que ponía en práctica este quehacer pedagógico desarrolló una labor continua de investigación en las Ciencias Sociales, particularmente en la Historia y las Ciencias Políticas, durante más de cincuenta años.

 

Profesor de Mérito del Instituto Superior Pedagógico

 

Consecuente marxista, investigador y profesor de Historia. Doctor en Ciencias Históricas e Investigador Titular. No ha dejado de ser el maestro de generaciones, inspirador con su ejemplo de la virtud humana.

 

Profesor Titular Adjunto de la Universidad de La Habana y de la Escuela Superior del Partido "Ñico López"

 

Graduado de maestro en la  Escuela Normal de Pinar del Río, ganó por oposición  en 1946 una plaza en una escuela rural en Jagüey Grande, publicó programas para la enseñanza primaria y sus experiencias pedagógicas.

 

Tras el triunfo de la Revolución, alfabetizó a miembros del Ejército Rebelde y sirvió de enlace en la Campaña Nacional de Alfabetización.

 

Director y profesor de las escuelas de Instrucción Revolucionaria, fundó la actual Escuela Provincial "Abel Santamaría", de Pinar del Río. Fue Secretario de la Redacción de la revista Cuba Socialista, sin desligarse de la educación de adultos. Posteriormente combinó sus investigaciones en el Instituto de Historia con la impartición de conferencias y postgrados.

 

Publicó más de  veinticinco libros y folletos, entre los cuales se encuentra: Cuba, el desafío del yugo y la estrella; Historia de Cuba, etapa neocolonial; Una cronología, junto a Martín Duarte, de los primeros cuarenta años de la Revolución en el Poder.

Otros tantos como coautor o recopilador; además de unos 20 prólogos, docenas de artículos en revistas especializadas, y cientos de ellos en otras publicaciones nacionales y extranjeras, así como ponencias para eventos en Cuba y otros países. Goza de una alta consideración y simpatía por su insuperable magisterio, producción histórica y martiana en particular. 

 

 

Trayectoria

 

Fue cuadro provincial, y después nacional, del sistema de Escuelas de Instrucción Revolucionaria (EIR), desde su fundación en diciembre de 1960 donde se desempeñó como director de la Escuela Provincial Orlando Nodarse, de Pinar del Río y subdirector de las Escuelas Nacionales Raúl Cepero Bonilla y Ñico López, siendo además, profesor de Economía Política, Historia de Cuba e Historia del PCUS en el propio sistema de EIR. Entre las muchas tareas que llevó a vías de hecho podrían señalarse las de:

 

Miembro de la Comisión de Investigaciones Históricas de las EIR.

 

Alfabetizador en 1959 y 1960, además de ser enlace de la Campaña de Alfabetización en sus primeros meses.

 

Maestro del Sistema de Educación de Adultos (primaria, secundaria y facultad) hasta 1976.

 

Periodista fundador de la UPEC. Secretario de la Redacción de la Revista Cuba Socialista (primera etapa) y miembro del Consejo Asesor de la Revista Moncada, así como de las Editoriales de Ciencias Sociales, Editora Política y de otras numerosas instituciones.

 

Durante varios años, Presidente del Consejo Científico del Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba, y miembro de la Escuela Superior del PCC Ñico López].

 

Fundador del Centro de Estudios Martianos, Miembro de su Consejo de Dirección primero y de su Consejo Asesor después, y al momento de su muerte era miembro de su Consejo Científico.

 

Ostentaba el grado científico de Doctor en Ciencias Históricas, y las categorías científicas y docentes de Investigador Titular, Profesor Titular Adjunto a la Universidad de La Habana y de la Escuela Superior del PCC Ñico López.

 

Participó en más de un centenar de eventos nacionales, y más de 20 internacionales, celebrados en Cuba, Unión Soviética, República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Vietnam, Italia, Argentina, Uruguay, Bahamas y otros.

 

Reconocimientos  

 

Recibió medallas, distinciones y otros reconocimientos, entre ellos:  

  • Medalla XX Aniversario del Moncada

  • Medalla Combatiente de la Lucha Clandestina

  • Orden nacional Frank País.

  • Medalla de la Alfabetización

  • Distinción por la cultura Nacional

  • Orden Félix Varela de primer grado.

  • Distinción por la Educación Cubana

  • Réplica del Machete de Máximo Gómez

  • Distinción Enrique Hart Dávalos

  • Premio Nacional de Historia.

  • Medallas conmemorativas del 30 del 40 y del 50 Aniversario de las FAR

  • Distinción Félix Elmusa

  • Distinción 28 de Septiembre

  • Sello 20 años de vigilancia revolucionaria

  • Sello conmemorativo de la caída del Che

  • Distinción 60 Aniversario de la CTC

  • Sello conmemorativo XVIII Congreso de la CTC

  • Moneda Centenario de la Guerra Necesaria

  • Diploma por 35 años de trabajo en la esfera del CC-PCC.

  • Premio del Colegio de Maestros de Pinar del Río en 1955.

  • Premio(segundo) en Concurso de Poesía sobre el centenario de José Maceo (1949)

  • Premio del Concurso 26 de julio de ensayo de las FAR en 1970.

  • Premio de ensayo en Concurso de la Academia Cubana de la Lengua (1998).

  • Premio Félix Varela, de la Sociedad de amigos del País.

  • Primera mención del Concurso 26 de Julio de las FAR, en el Género Décimas(1981).

  • Distinción La Utilidad de la Virtud, de la Sociedad Cultural José Martí.

  • Escudo de la provincia de Pinar del Río (2004).

  • Placa del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona

  • Distinción Bardino Canario, de la Asociación Canaria de Cuba

  • Premio ALAS de la Filial de la SCJM en Pinar del Río (2004).

  • Premio en biografía José Miguel Pérez, de la Asociación Canaria Leonor Pérez Cabrera (2004).

  • Distinción Emilio Roig Leuchsenring, de la UNHIC.(2005). 

  • Moneda del Año Internacional de la paz (2006).

  • La Roseta de Cienfuegos, máxima distinción que otorga esa provincia. 

  • Las Llaves de la Ciudad de San Cristóbal, Pinar del Río, Cuba.

  • Placa de la Amistad del Club Martiano “Subir lomas hermana hombres”, Pinar del Río.

  • El Tabaco El Libertador.

  • El deber y la honra de Santi Spíritus. Distinción.

  • Distinción Especial Reinaldo Acosta Medina, de la UNHIC.

  • Primer premio de la Academia Cubana de la Lengua. Ensayo “Voto por nuestro Idioma” (1998).

  • Premio Félix Varela de la [[Sociedad Económica de Amigos del País (2005). 

  • Distinción Honrar, honra, de la Sociedad Cultural José Martí. 

  • Medalla XV Aniversario de la Unión Árabe de Cuba.

  • Distinción de la UJC por “Dedicación a la obra martiana” (1999).

  • Miembro Honorífico de la Asociación de Pedagogos de Cuba.

  • Miembro de Honor de la Sociedad Económica de Amigos del País.

  • Miembro de Honor  del Centro de Estudios Martianos.

 

Trayectoria revolucionaria

 

Tuvo una intensa y extensa trayectoria revolucionaria. Desde los 13 años de edad, fue militante y cuadro del primer partido Marxista-Leninista desde 1940 (en los frentes de educación y propaganda), dirigente estudiantil en la Escuela Normal de Pinar del Río; dirigente del Comité Provincial Antifascista, Secretario General del PSP en el municipio de San Cristóbal, Pinar del Río, fundador de la Resistencia Cívica en 1957 y miembro del Comité del 26 de Julio desde abril de 1958 y alfabetizador de las tropas rebeldes que llegaron a San Cristóbal en 1959. Muere en julio del 2008.

No es posible agotar un tema tan vasto en un espacio tan reducido corno el de este trabajo. Nos lirnitaremos, pues, a plantear solamente algunos aspectos del rnisrno.

La estancia de José Martí en los Estados Unidos por unos 15 años coincide, como todos sabemos, con la transición del capitalismo de libre concurrencia al capitalismo monopolista, con la irrupción del imperialisino nortearnericano en la palestra mundial. Esta época trae consigo nuevos e importantes cambios de carácter económico, político y social, que atañen tanto a las relaciones internacionales de Estados Unidos como a su vida interna.

Crece en esa época aceleradarnente la producción de acero (que aumenta casi 40 veces entre 1874 y 1895), avanza igualmente la fabricación de maquinarias, se crea una inmensa red de ferrocarriles ,experimenta un desarrollo fantástico la indus triadel petróleo; se multiplica por 3 el número de obreros en todo el país, por 12 los capitales invertidos, por 15 el valor de los productos manufacturados, y cuajan fenómenos característicos del imperialismo: monopolios, capital financiero, oligarquía financiera, exportación de capitales, reparto del mundo.

Martí es testigo de esos cambios. Y aunque sin ser un investigador sosegado, pues vive y trabaja casi exclusivamente para Cuba, se ye envuelto en la vorágine de la nueva situación. Ha de residir no sabe cuánto tiempo en suelo norteamericano, ha de escribir sobre lo que ye y siente, ha de extraer enseñanzas valiosas para la causa de su patria esciavizada y para la defensa de la patria rnás grande, que él llamó “Nuestra América”.

Sobre la activa posición antimperialista de Martí, se ha escrito mucho. Por tanto, en este primer aspecto me limitaré a señalar la clara interpretación que hace de algunos rasgos esenciales del imperlalismo.

Martí no domina el materialismo histórico; no dispone, pues, del instrumento idóneo para conocer hasta en sus raíces el fenórneno imperialista. Tampoco le deja tiempo para ese estudio su infatigable lucha, teórica y práctica, por unir a todos los cubanos interesados en la tarea emancipadora. Pero cuenta con una extraordinaria sensibilidad, aguda inteligencia y honestidad a toda prueba, cualidades que le permiten apreciar correctamente algunas características del imperialismo, denunciar los peligros que éste supone y señalar vías adecuadas para enfrentarlo.

A través del proceso de desarrollo imperialista, se van disipando ciertos espejismos de la democracia burguesa. y va adquiriendo visión real del fenómeno, sin llegar, repetimos, a analizarlo en toda su profundidad, sin verlo como el resultado natural de las contradicciones del régimen capitalista, Martí observa algunos rasgos del imperialismo que, décadas después expondría Lenin, ya para entonces de Un modo acabado y con absoluto rigor cientifico.

En su genial estudio del imperialismo como fase superior y últirna del capitalisimo, Lenin señalará como primera característica de esta nueva etapa, el hecho de que la concentración de la producción y del capital llega a un grado tan alto de desarrollo, que se crean los monopolios, los cuales comienzan a jugar un rol decisivo en la vida económica del país.

Martí asiste a este proceso de competencia desenfrenada, a la creación de cientos de truts (que ya para 1900 habrían de sobrepasar la cifra de 450) y de numerosos consorcios financieros, y bate lanzas contra las empresas monopolistas. Denuncia la arroancia y el poderío de las grandes compañías de ferrocarriles —cuya nacionalización reclama una y otra vez—, de las ricas empresas del carbón, de los voraces ladrones de tierras. Combate al monopolio como provocador de la ruina de pequeñas empresas comerciales, industriales o agrarias; como esquilmador de los obreros; como parásito que devora insaciablemente los recursos de la nación. “El monopolio —dice Martí— está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres. Todo aquello en que se puede emprender está en manos de corporaciones invencibles, formadas por la asociación de capitales desocupados “a cuyo influjo y resistencia no puede esperar sobreponerse el humilde industrial (...) “Este país industrial tiene un tirano industrial”.[1] (Obsérvese la referencia de Martí a “capitales desocupados”, y recuérdese el señalamiento de Lenin sobre “capital sobrante, en que se alude al hecho de que el capitalismo desarrollado no dispone de bastante terreno para la inversión lucrativa del capital, a causa del insuficiente desarrollo agrícola y de la miseria de las masas.)

Ilustremos el enjuiciamiento correcto que Martí hace de los monopolios, con una admirable crónica suya. Se refiere a un desfile de trabajadores, en el cual uno de éstos pasea por las calles llevando sobre sus espaldas, alegóricamente, a un conocido monopolista: Jay Gould. Este magnate, uno de los que el historiador Philip Foner llama “barones ladrones”, es el más odiado representante de los monopolios norteamericanos en la época posterior a la Guerra de Secesión, y su filosofía laboral se resume en estas palabras: “Yo puedo alquilar a la mitad de la clase obrera para matar a la otra mitad”. Marx considera a dicho magnate como un “octópodo rey del ferrocarril y estafador financiero”. Pues bien, coincidiendo con estas aseveraciones de Marx y de los marxistas norteamericanos, Martí explica que Gould es un estratega de corporaciones y bolsas, “que en sus manos tiene la bridas de empresas innumerables”. (...) “Es gran monopolizador —agrega—, y sobre la espalda del trabajador de la alegoría va representando el monopolio: —él lo representa bien, que ha centralizado en enormes compañías, empresas múltiples, las cuales impiden con su inaudita riqueza y el poder social que con ella se asegura, el nacimiento de cualquiera otra compañía de su género y gravan con precios caprichosos, resultado de combinaciones y falseamientos inicuos, el costo natural de los títulos y operaciones nece sarias comercio”.[2] Gould es sumamente poderoso: (...) “abre vorágines, levanta montañas, desata océanos; conjura y desencadena vendavales, juega como con una perinola con la Bolsa. Con una voz, hace surgir un ferrocarril: lo hunde con otra...Una pera madura le importa más que los dolores todos y los impulsos y centelleos todos de los hombres”.[3] (Véase cómo Martí maneja el concepto de centralización y cómo sus palabras refuerzan, con imágenes atinadas, la idea que sobre los monopolios tienen los obreros americanos).

 Al estudiar esta crítica sobre Jay Gould, resulta bueno tener en cuenta que, en ocasiones, Martí se siente ganado por las palabras aparentemente bondadosas o los actos filantrópicos de algunos millonarios norteamericanos. En sus obras podemos leer elogios a Carnegie, Morgan, Vanderbilt y otros lobos de la misma camada. Ahora bien, cuando él descubre que las palabras aparentemente bondadosas son mera hipocresía, y que en los hechos esenciales priman los intereses inconfesables, no tiene reparos en trocar los elogios en denuncia.

Un caso típico en ese sentido es el de Andrew Carnegie, rey del acero. Sobre él escribe Martí estas encomiosas palabras el 8 de diciembre de 1887: “un tejedor escocés que por su bondad e ingenio ha llegado a ser dueño amado de los talleres de hierro y acero donde, entre los montes que les hacen natural compañía, trabajan sin ira 12,000 hombres. Es Andrew Carnegie, el autor de Democracia Triunfante, libro agradecido...”[4] Sin embargo, al producirse una sonada huelga de los obreros de Carnegie, Martí investiga. Se entera de las poderosas razones proletarias y de la injusticia del rico industrial. Y entonces, sólo cuatro meses después de los elogios antes mencionados, dice que la obra escrita por el millonario es “...un libro superficial y hemipléjico, donde se calla lo real porque no sale afuera, y sólo se da por cierto lo lisonjero y aparente, lo cual con nada se prueba mejor que con los graves disturbios de Carnegie en sus magníficas ferrerías, cerradas algunas, o a medio trabajo desde hace años”.[5]

Otro rasgo del imperialismo estudiado por Lenin, es la fusión del capital bancario con el capital industrial, y la creación, sobre la base del capital financiero así formado, de la oligarquía financiera, En E. U., los Morgan y Rockefeller, por ejemplo, se adueñan de decenas de bancos, adquieren grandes redes de ferrocarriles, compañías de seguros y otras empresas. Ya al finalizar el Siglo XIX, la décima parte de la población posee el 90% de las riquezas del país. Y este poder financiero se va convirtiéndo en un poder político, en el verdadero poder político del país.

Martí se da cuenta de este fenómeno, y denuncia (...) “esos inicuos consorcios de los capitales —son sus palabras— (...) esas empresas cuantiosas que eligen a su costo senadores y representantes; o los compran después de elegidos, para asegurar el acuerdo de las leyes que les mantienen en el goce de su abuso”.[6] Sienta en el banquillo de los acusados a un régimen cuyas instituciones representativas han llegado, dice, “en 25 años de consorcio, a crear en la democracia más libre del mundo la más injusta y desvergonzada de las oligarquías”.[7] Y hace en otra oportunidad la siguiente observación: "Una aristocracia política ha nacido de esta aristocracia pecuniaria”.[8](No es el lenguaje que hoy conocemos de “oligarquía financiera”, pero el sentido es similar: “aristocracia pecuniaria”.)

El crecimiento de la exportación de capitales, que sustituye en gran medida a la exportación de mercancías, llama igualmente la atención de Martí. Ya vimos como nos hablaba de “capitales desocupados”, los cuales, agregamos nosotros, antes de comenzar la guerra del 95 habían elevado las inversiones norteamericanas en Cuba a la cifra —grande para su época— de 50 millones de dólares. Capitales ociosos que se desbordan por el resto de América Latina y Canadá, principalmente.

Una oportunidad para expresar su condenación al capital financiero yanqui, se la ofrece a Martí el hermano pueblo mexicano. En 1884, el gobierno de México se ve obligado a suspender el pago de subvenciones a los ferrocarriles estado nidenses, y los magnates norteamericanos hablan en tono amenazador. Martí no llega a las entrañas del fenómeno, pero comprende la extorsión imperialista, a la que México se ve en necesidad de responder, y se revuelve airado contra los banqueros insaciables: “Un deseo absorbente los anima siempre, —dice Martí— rueda continua de esta tremenda máquina: adquirir: tierra, dinero, subvenciones, el guano del Perú, los Estados del Norte de México (...) acusan falsamente a México de traición y de liga con los ingleses (...) no pasa día sin que pongan un leño encendido, con paciencia satánica, en la hoguera de los resentimientos”.[9] Y descarga contra ellos toda su justa ira: “¡En cuerda pública, descalzos y con la cabeza mondada, debían ser paseados por las calles esos malvados que amasan su fortuna con las preocupaciones y los odios de los pueblos! (...)— ¡Banqueros no: bandidos!”

Característica de la fase superior del capitalismo es, como se sabe, el reparto, entre las grandes asociaciones monopolistas internacionales, de los territorios que aún no tienen dueños :y la posterior pelea de rapiña de los que llegan tarde al reparto, o no están de acuerdo con la porción que les ha quedado.

Martí ve y denuncia el afán expansionista del imperialismo norteamericano. Condena la acción yanqui sobre Samoa en 1889 y sobre Hawaii en 1890; desenmascara la doctrina Monroe, diciendo que se le invoca en nuestras tierras como un dogma. contra un extranjero, pero no para salvaguardar nuestra independencia, sino para traernos otro extranjero; denuncia el papel de agentes yanquis que jugaron Walker en Nicaragua, Narciso López en Cuba, Douglas en Haití y Santo Domingo; advierte sobre el peligro de una nueva guerra de EE.UU. contra México, distinguiendo entre el pretexto que se alza y la causa real que se calla; rechaza las prentendidas soluciones que, en beneficio real y exclusivo de EE.UU. defienden los abogados del imperialismo en las conferencias americanas; se convierte, en fin, en la voz más clara y más alta de la América nuestra, en su más gallardo centinela, frente al nuevo colonialismo que amenaza las tierras del Sur del Río Grande, llamando a éstas a proclamar su segunda independencia.

Desde 1889 denuncia Martí cómo EE.UU. —“dragón en que cabalga la conquista”— pone sus ojos sobre las víctimas que considera más fáciles, las islas del Pacífico y las Antillas, dispuesto a dominarlas. Pero advierte ya desde entonces: “En la soledad en que me veo —porque cual más cual menos espera lo que abomino— lo he de impedir”.[10]

No cesa de poner en guardia a sus compatriotas; a la América india, negra, latina, contra el peligro que nos viene del Norte. Y nos deja el brillante epílogo de su conocida carta a Manuel Mercado, subrayando que todo cuanto ha hecho hasta ese momento y todo cuanto se dispone a hacer, comporta una finalidad esencial: (...) “impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.”[11]

Nos parece, pues, que no pecamos de exagerados, y mucho menos de chovinistas, si consideramos a Martí como el primer líder conscientemente antimperialista de la independencia americana.

La estancia en los EE.UU. dio a Martí, con la imagen del sistema capitalista en su etapa superior, un cuadro vivo de los problemas sociales y políticos en que se debatía la sociedad norteamericana. En sentido general, entendió correctamente los elementos de ese cuadro, y entre ellos, la posición de las distintas clases y sectores de la población. Distinguió con claridad quiénes eran los beneficiarios de esa situación, los usufructuarios de la riqueza y del poder, y quienes, siendo creadores de riqueza, se veían en la imposibilidad de disfrutarla.

Martí señala —y denuncia— en sus escritos, la competencia desleal que hacen las empresas monopolistas a los pequeños y medianos comerciantes e industriales, provocando la ruina de los mismos; la esquilmación que sufren los agricultores a manos de las empresas latifundiarias y de las poderosas compañías ferrocarrileras; el saqueo de la población por parte de los magnates que controlan los servicios públicos, y, fundamentalmente, la miseria en que viven y las duras condiciones en que trabajan los obreros de EE.UU.

El lector latinoamericano de la época, leyendo a Martí, se entera, por ejemplo, de que “los salarios de los trabajadores del ferrocarril no pasan de un mendrugo y una mala colcha, para que puedan repartirse entre sí dividendos gargantuescos los caabecillas y favorecidos de las compañías, que por cada mil pesos de gasto real en la empresa emitieron veinte mil en acciones”.[12] Se entera de que el trabajador, “en virtud de los mismos derechos que lo dejan sin trabajo, o con trabajo inseguro, tiene que pagar un 180% más del valor de fábrica sobre la lana que viste”. [13] Se entera de cómo una empresa de ferrocarril pagó a bribones para que se metieran entre los huelguistas y simularan dinamitar las propiedades de la empresa, a fin de acusar del hecho a los obreros. Se entera de que los niños son obligados a trabajar —“¡Oh infamia sin nombre!”, exclama Martí—, hasta 14 horas diarias. Se entera de que en EE.UU. los impuestos no se establecen para levantar los fondos necesarios al mantenimiento de la nación, sino para favorecer “(...) a un puñado de privilegiados, con daño de la nación entera, y con peligro de su misma paz”.[14] Se entera de las grandes batallas proletarias que se libran en Norteamérica.

Veamos cómo informa Martí sobre la poderosa huelga de los acarreadores de carbón de la compañía Reading, originada por la escandalosa situación en que viven y laboran estos obreros.

“Trabajan rudamente en la lluvia y en la nieve. La compañía no les asegura el trabajo, sino el llamarlos a él cuando los necesite; más sí les obliga a estar en los muelles a su disposición, de modo que el acarreador no sabe de cierto si tendrá al fin del día jornal que llevar a la casa, ni cuánto llevará; pero no puede alejarse del muelle, ni ayudarse con trabajo alguno. Por el que hace le pagan 22 cts. y medio la hora. Lo usual es que empleen a cada acarreador tres o cuatro horas, que montan 80 cts. ¡para el sostén, en invierno, de toda una familia!

“El carbón, lo tienen que comprar. El tugurio en que viven, lo han de alquilar a la misma compañía, que cobra en renta 6 u 8 pesos al mes, al obrero a quien paga 25 o 30. Así la compañía ha doblado el valor de sus acciones, y no contenta con esto, al mismo tiempo que aumentó en 50 cts. el precio de la tonelada con carbón, rebajó a los acarreadores 2 y medio cts, en la paga por hora”.[15]

Los magnates llaman a la policía, “ganosa siempre de cebar sus porras en cabeza de gente mal vestida”. Los mercenarios cargan contra los obreros y matan un niño. Después del entierro, diez mil hombres regresan a sus tugurios, sin comida caliente y sin carbón... Y concluye Martí: “La Compañía cotizaba sus acciones a 67 el año pasado, y este año las cotiza a 135”.[16]

Ante hechos como éstos, Martí se pone sin rodeos al lado de los trabajadores. Sus reportajes ponen en la picota a las clases dominantes de EE.UU. y concitan la solidaridad y la simpatía hacia los obreros de ese país. Esta actitud le cuesta, desde luego, la censura de grandes editores como los de La Nación, de Buenos Aires, ya que las críticas a los EE.UU. afectan los privilegios de las poderosas empresas periodísticas.

Martí aprovecha sus escritos para exhortar a los trabajadores a unirse estrechamente en defensa de sus intereses. Si en los años 70 había criticado a obreros mexicanos porque no acudieron en ayuda de sus compañeros en huelga, advirtiéndoles que “La fraternidad no es una concesión, es un deber”,[17] ahora condena al dirigente obrero conservador P. M. Arthur, que crea escisiones en el campo obrero. (Digamos, de paso, que tanto Engels como los marxistas norteamericanos, condenaron también severamente a este líder sindical). Pues bien, Martí, al criticar la posición negativa de Arthur, plantea que “en la lucha vital que el trabajo va a empeñar (...) por dos caminos no se puede ir, si se quiere triunfar”, (...) que cada hecho que un trabajador sufre es consecuencia ordenada de un sistema que los maltrata por igual a todos, y que es traición de una parte de ellos negarse a cooperar en la obra pujante e idéntica de todos”.[18]

En esa defensa de los intereses de los trabajadores ha de avanzar el pensamiento político-social de Martí.

 Al principio, deposita su absoluta confianza en el sufragio, en la potestad que aparentemente tiene el pueblo para elegir los gobernantes. Pero los hechos le enseñan que, en regímenes como el de EE.UU., el sufragio y la democracia son un engaño; comprende el papel de los partidos políticos burgueses; observa cómo la Cámara de Representantes, fuente de las leyes, es “(...) un mercado abierto donde éstas se venden y se compran”,[19] descubre el control del Senado por los millonarios, los grandes terratenientes, los grandes mineros, en contradicción abierta con los intereses del pueblo que los elige; y advierte que el Congreso “sirve en las leyes reales e inmediatas a las empresas, a los bancos, a las corporaciones, a los poderes de quienes dependen su elección y fortuna”.[20]

Por eso afirma Martí que “las entrañas del sufragio son feas”,[21] y en otra ocasión, al preguntarse cómo un padre inicia su hijo en el conocimiento de la vida sexual, confiesa: “Eso, y el sufragio, son tal vez las únicas cosas que me han hecho dudar”.[22]

Sin embargo, en la lucha social, Martí no llega a admitir lo inevitable de la violencia por parte de los explotados para sacudirse el yugo de los explotadores. Aunque reconoce que “el mundo está en tránsito violento de un estado social a otro”, tiene la vieja convicción de que para hacer el bien la fuerza es justa, plantea que únicamente debe acudirse a la revolución cuando todos los demás recursos han fracasado.

Por eso, el ideal de Martí en sus primeros tiempos de estancia en tierras del Norte, es la Noble Orden de ios Caballeros del Trabajo, que está servida, dice, por hombres “de acero y de paz” y que es precisamente fuerte “porque condena los medios de fuerza”.

Sin embargo, la guerra social que se libra en los EE.UU. y articularmente el caso de los Mártires de Chicago, lo llevan —si no a compartir las tácticas terroristas—, sí a justificar la violencia de los obreros. “Una vez reconocido el mal, —expresa— el ánimo generoso sale a buscarle remedio: una vez agota do el recurso pacífico, el ánimo generoso (...) acude al remedio violento.”[23]

Otra cuestión en la que avanza notablemente el pensamiento de Martí durante su estadía en los EE.UU. —sin llegar, desde luego, a las posiciones del marxismo— es la que se refiere a la propiedad de los medios de producción. En los años que pasó en Centroamérica, y particularmente en México, es un defensor a ultranza de la pequeña propiedad; sobre todo, de la parcelación agraria. Pero con el decursar de los años y la acumulación de experiencia, va poniendo el acento en la nacionalización de la tierra. Esa es, quizás, la razón fundamental de su gran simpatía por Henry George. Luego, auspicia también la nacionalización de los ferrocarriles y de todos los servicios públicos.

Gran influencia ejercen sobre Martí, en este terreno, diversas corrientes socialistas que se propagan por esa época en los EE.UU. Entre ellas, ocupan lugar destacado el socialista utópico Edward Bellany, el llamado “movimiento nacionalista” inspirado por éste, y la Sociedad de Cristianos Socialistas.

Estos últimos, los cristianos socialistas, demandaban la municipalización de los monopolios del transporte, la luz y el calor; la nacionalización del telégrafo y los ferrocarriles, y el establecimiento de cajas postales de ahorro; todo esto como pasos preparatorios para la completa socialización de las industrias. Pedían, mientras tanto, que fueran utilizados los impuestos para reducir las desigualdades sociales. Aspiraban a poner las relaciones económicas, políticas y sociales en armonía “con la paternidad de Dios y la fraternidad del hombre, de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo”.[24]

Por su parte, Edward Bellany trazó un panorama de lo que sería la sociedad comunista del futuro. Su obra más famosa (Looking backward), en la que expuso sus ideas, constituyó un extraordinario récord de venta en los años 80 del siglo pasado. Martí se refiere a esta obra diciendo: “todo Texas anda con el libro de Bellamy bajo el brazo, leyendo el capítulo donde cuenta cómo serán los ferrocarriles de aquí a cien años, cuando los hombres estén ya a la mitad del alfabeto, y bajen y suban del ferrocarril sin pagar, como entran y salen ahora por las calles—”.[25] (Esta novela fue publicada en Cuba hace poco tiempo bajo el título de “El Año 2000”). Varias decenas de novelas que propagaban similares concepciones utópicas, aparecieron también por aquellos tiempos en Norteamérica.

El principal postulado de Bellamy era la nacionalización la industria, y sobre esa base se crearon los llamados “clubes socialistas”, que nacieron en Boston y se extendieron rápidamente por todo el país. Editaron un periódico, El Nacionalista, y desplegaron una intensa actividad.

Martí se refirió elogiosamente a Bellamy en varias ocasiones, y en sus crónicas citó extensamente al periódico socialista. De éste tomó, precisamente, ciertas ideas sobre la abolición de la propiedad privada, presentándolas en tal forma que parece solidarizarse con ellas. Así, escribe: “Que este orden inhumano de castas soberbias, este feudalismo nuevo de los terratenientes, se cambie, sin métodos rudos, en otro orden menos vano y más sereno, donde las industrias, y los bienes comunes y perennes de la naturaleza, no estén concentrados en manos de los monopolios privados, para el beneficio de los monopolios, sino en manos de la nación, para el beneficio nacional”.[26]

Además de la influencia de estos grupos nacionalistas y socialistas utópicos, es evidente que Martí entró también en contacto con las ideas marxistas. Lo prueban, entre otras cosas, sus conocidas palabras sobre Carlos Marx, que datan de 1883, y sus relaciones con Carlos Baliño, mucho después. Pero ese encuentro con la ideología marxista tiene que haber sido insuficiente y sumamente confuso. Por aquellos tiempos, en los Estados Unidos resultaban muy difícil distinguir con claridad una corriente de otra, y saber ciertamente cuál era y en que consistía el Socialismo Científico.

La doctrina elaborada por Marx y Engels, que comienza a gestarse en la década del 40, se desarrolla y consolida en el período que va de 1848 (cuando ve la luz el Manifiesto Comunista) a 1871 (cuando se produce la insurrección gloriosa de la Comuna de París). Al final de este período, como afirma Lenin, muere el socialismo anterior a Marx y nacen los partidos proletarios independientes.

Pero este movimiento tiene su centro y su motor en Europa; demorará aún en llegar con toda nitidez a los EE.UU. Es cierto que desde 1866, en que se funda la Unión Nacional Obrera, ganan fuerza las organizaciones de clase del proletariado en ese país, y crece la lucha de los trabajadores en la medida en que se engendran los monopolios norteamericanos. Incluso, según dice William Z. Foster, los socialistas “fueron el alma de estas organizaciones, su núcleo combativo, y siempre se encontraban en las primeras filas de los huelguistas y de los que intervenían en las acciones políticas progresistas”[27]

Pero también es cierto que las clases dominantes norteamericanas no se detenían en la lucha contra la incipiente ideología del proletariado, propagando las más diversas teorías reformistas, antisocialistas, y tratando de descomponer, dividir y desorientar por todos los medios a los trabajadores. Para lograr esto se apoyaban en los teóricos burgueses y reformistas, y se aprovechaban de los sentimientos religiosos, fuertemente arraigados en la población norteamericana.

Según escribía Engels a Federico Sorge el 29 de noviembre de 1886, “los norteamericanos, por causas históricas perfectamente comprensibles, están terriblemente atrasados en todas las cuestiones teóricas. No tomaron de Europa las instituciones medioevales, pero en cambio, han asimilado por completo numerosas tradiciones del medioevo: la religión, el derecho común (feudal) inglés, la superstición, el espiritismo; en una palabra, todas estas estupideces que no se oponían directamente a los asuntos comerciales y que ahora son tan convenientes para el embrutecimiento de las masas”.[28]

Con objeto de contribuir a la educación revolucionaria, clasista, de los trabajadores, despliegan una ardua labor algunos inmigrantes, en su mayor parte alemanes, que alcanzarían gran renombre: Joseph Weidemeyer y Friedrich Sorge (que habían sido miembros de La Liga de los Comunistas), Joseph Dietzgen y otros. Pero la labor de divulgación marxista, que no siempre se hizo de modo consecuente, fue incapaz de impedir que, durante algunas décadas, se mezclaran con las ideas de Marx elementos que nada tenían que ver con el marxismo.

Bajo el calificativo común de socialistas se agrupaban también los partidarios de Proudhon y de Lasalle, los adeptos de Owen y demás utopistas, los simpatizantes de los tradeunionistas ingleses, así como otros grupos de obreros e intelectuales. Y hasta los anarquistas se proclamaban “socialistas revolucionarios”.

Por si esto fuera poco, hay por esa época en los Estados Unidos más de un partido que utiliza el apellido de socialista, y socialistas no encuadrados en ningún partido. En 1874 se había fundado por los marxistas un Partido Obrero Socialdemócrata; más tarde se crearon el Partido Obrero de los Estados Unidos, el Partido Obrero Socialista, el Partido Obrero Unido, así como los ya citados clubes socialistas. Estas organizaciones se debían o dieron lugar a fusiones, pactos, escisiones, etc., ofreciendo un cuadro bastante confuso. Así, por ejemplo, el Partido Obrero Socialista se crea por la unión de obreros marxistas con partidarios de Lasalle. Y estos últimos no tardan en denominar la dirección del Partido.

Otro factor limitante para que Martí se orientara correctamente en cuanto al socialismo en los EE. UU., fueron los errores y defectos del propio partido que agrupaba a los marxistas de ese país. Cualquiera que desconozca la historia del movimiento obrero allí, puede estimar subjetivo el calificaivo de “dogma socialista” que Martí aplicó en una ocasión al hablar de los socialistas estadounidentes. Probablemente Martí haya utilizado este calificativo sin tener en cuenta el vocabulario marxista; pero es lo cierto que el error dogmático y sectario de los mismos fue analizado y censurado en su tiempo por Marx y Engels, y criticado también por Lenin.

En la carta a Sorge que citamos en otra parte de esta exposición, Engels les reprocha “que no han aprendido a usar su teoría como palanca que podría poner en movimiento a las masas norteamericanas; en su mayor parte, no entienden la teoría, y la tratan en forma abstracta y dogmática, como algo que debe aprenderse de memoria... Para ellos, (el marxismo) es un credo y no una guía para la acción.”[29]

Lenin se solidariza con esas críticas a los socialistas de los EE. UU., que habían convertido el marxismo en una “ortodoxia fosilizada” y que vivían aislados del movimiento obrero.

Otro ejemplo de los perniciosos efectos de la confusión ideológica existente, es el hecho de que Carlos Baliño, uno de los precursores del socialismo científico entre los cubanos que se hizo marxista desde temprana edad en los EE.UU., sustentaba aún en fecha tan avanzada como 1905, algunas ideas lassalleanas. Así, Baliño proclama que a los trabajadores se les debe retribuir “el producto íntegro de su trabajo”, y expresa, aceptando de hecho como buena la “ley de bronce del salario”, de Lasalle, que bajo el capitalismo es prácticamente inútil la lucha por aumentos salariales.

Estas ideas erróneas subsistieron tanto tiempo en Baliño, debido a lo que demoraron en ser divulgadas en América las críticas de Marx y Engels a semejantes concepciones. Estas críticas son tan claras, y el error tan evidente, que Baliño lo habría comprendido de inmediato. Pero los puntos de vista de Marx sobre la “ley de bronce del salario”, por ejemplo enunciados en su polémica con John Weston en el seno de La Primera Internacional, vinieron a publicarse por primera vez en Inglaterra en 1898, y demoraron todavía muchos años más en ser traducidos aceptablemente al español. La primera vez que, según nuestras pesquisas, se conoció en Cuba esas polémicas, fue en 1913, cuando se vendió en La Habana el folleto que la contenía, bajo el título de “Salario, precio y beneficio”.

José Martí, que vive en los E.U. desde 1881, sufre también, con más razón que los seguidores de Marx, los efectos de la confusión reinante. Al principio, enmarca a todas las corrientes socialistas, anarquistas, reformistas, utópicas, etc., en un solo conglomerado. Tan socialistas son para él, Marat, Bakunín y el millonario Palmer, como un noble ruso que encabeza los socialistas de New York, como los obreros rebeldes que llegan de Europa, como Carlos Marx y sus seguidores.

Y es en ese medio donde se desarrollan y transforman las ideas político-sociales de Martí, a través de un proceso ascen dente que lo lleva, en ciertos aspectos, hasta posiciones cercanas a las del socialismo. Acercamiento que ha movido a algunos estudiosos de su obra a calificarlo como socialista y materialista dialéctico.

Pero ese juicio no corresponde a la realidad. Ni siquiera en los últimos años de su vida, cuando se radicaliza más su pensamiento, se decide a aceptar las soluciones que ofrece el marxismo a problemas fundamentales como: el origen y el papel de la propiedad privada, el rol de la lucha de clases en el desarrollo de la sociedad, la misión histórica de la clase obrera, etc.

Y si no descubrió el origen real de estos problemas ni las únicas vías ciertas para su solución durante su estancia en un país capitalista desarrollado como los EE.UU. pese a haber comprendido las tremendas injusticias del sistema, mucho menos podía plantear soluciones marxistas a los problemas de nuestro país, donde las contradicciones de clase no se habían desarrollado aún suficientemente y donde la tarea de emancipación exigía la unidad monolítica de diversas clases y sectores de la sociedad criolla.

Aquí era indispensable poner el acento en la búsqueda y consolidación de esa unidad, sin la cual no se podría ganar la independencia frente al colonialismo español, ni mantenerla frente a los designios expansionistas del imperialismo yanqui.

No obstante esto, en toda la prédica martiana resalta su cariño hacia los trabajadores, su confianza en ellos, y la seguridad de que “la libertad de todos sólo tiene una raíz: el trabajo de todos”.[30] Por eso él plantea que “el primer afán de la libertad sería, al día siguiente del triunfo, salir a sembrar trabajadores”.[31] Por eso advierte que “(...) el que llevó las estrellas de la guerra no es general de veras, hasta que con sus propias manos no se ponga en el hombro las estrellas del trabajo”.[32] Por eso pudo decir Carlos Baliño en 1906, refiriéndose a Martí: ‘Cuando aquel paladín de la libertad, que a algunos no gustaba porque tenía tendencias socialistas, tenía como la visión profética de su martirio, solía decirnos a los obreros: “Todo hay que hacerlo después de la independencia. Pero a mí no me dejarán vivir. A vosotros os tocará, como clase popular, como clase trabajadora, defender tenazmente las conquistas de la revolución”.[33]

Pero, para desarrollar estas ideas de Martí con respecto a la patria que él soñaba, se requerirían por lo menos otras tantas cuartillas como éstas, Y ya se van haciendo demasiado extensas nuestras palabras. Digamos, para concluir, que no es necesario endosarle a Martí la ideología marxista para considerarlo, como lo fue, el líder independentista más radical de América en el siglo pasado; ni fue necesario adulterar su pensamiento, para que su nombre fuera levantado, junto al de Lenin, por nuestro primer partido marxista-leninista el mismo día de su fundación, el 16 de agosto de 1925; ni para que su ideario inspirara la lucha de los comunistas y de infinidad de revolucionarios cubanos a través de la república neocolonial; ni para que se le reconociera, en el año de su centenario, como el autor intelectual del glorioso asalto al Cuartel Moncada; ni para que su nombre y su mandato encabezaran merecidamente las dos Declaraciones de La Habana, ni para que esta Revolución Socialista, bajo la dirección del glorioso Partido Comunista y de su lider máximo, Fidel, le rinda hoy, con el entusiasmo emocionado de un pueblo sin cadenas, el más fervoroso y merecido de los homenajes.

El mártir de Dos Ríos es una raíz inseparable de esta gloriosa Revolución que, al cumplir su XV aniversario, puede repetirle, con la satisfacción del mandato cumplido, aquellos versos que un día le dedicara nuestro Rubén Martínez Villena:

Señor de la Palabra, Caudillo de la Idea:
Observa que tu pueblo ya no tiene librea
y rompió sus cadenas con suprema alitivez



 


 

[*] Conferencia pronunciada en la Bibliotcea Nacional José Martí el 18 de enero de 1974.
[1] MARTÍ, JOSÉ Obras Completas. Editorial Nacional de Cuba. La Habana, 1964-1970. Tomo 10, p. 85.
[2] Ibid. O.C. tomo 10 p. 84.
[3] Ibid. O.C. tomo 10 p. 84.
[4] Ibid. O.C. tomo 11 p. 362.
[5] Ibid. O.C. tomo 11 p. 437.
[6] Ibid. O.C. tomo 11 p. 19.
[7] Ibid. O.C. tomo 11 p. 437.
[8] Ibid. O.C. tomo 9 p. 108.
[9] Ibid. O.C. tomo 13 p. 290.
[10] Ibid. O.C. tomo 1 p. 255.
[11] Ibid. O.C. tomo 4 p. 167.
[12] Ibid. O.C. tomo 10 p. 413.
[13] Ibid. O.C. tomo 11 p. 439.
[14] Ibid. O.C. tomo 11 p. 439.
[15] Ibid. O.C. tomo 11 p. 386-387.
[16] Ibid. O.C. tomo 11 p. 339.
[17] Ibid. O.C, tomo 6 p. 227-228.
[18] Ibid. O.C. torno 11 p. 436.
[19] Ibid. O.C. tomo 11 p. 167.
[20] Ibid. O.C. tomo 11 p. 173.
[21] Ibid. O.C. tomo 21 p. 355.
[22] Ibid. O.C. tomo 21 p. 415.
[23] Ibid. O. C. tomo 11 p. 337.
[24] FONER, PHILIP S.: History of the labor movemente in the United States. Vol. 2, International Publishers, New York, 1955, p. 44.
[25] Ibid. O.C. tomo 12 p. 427.
[26] Ibid. O.C. tomo 12 p. 377.
[27] DYNNIK: Historia de la filosofía, tomo IV, p. 311.
[28] DYNNIK: Ob. Cit. tomo IX, p. 311-312.
[29] MARx, C.: Correspondencia de Marx y Engels, Edit. Cartago 1957 Fugel, F. p. 294.
[30] Ibid. O.C. tomo 12 p. 433.
[31] Ibid. O.C. tomo 1 p. 357.
[32] Ibid. O.C. tomo 13 p. 373.
[33] La Voz Obrera, Habana, 5 de agosto 1906, p. 1, col. 1.

 
 

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